
Por Becky Krinsky, Recetas Para La Vida
Muchas decepciones no nacen solamente de lo que ocurrió, sino de aquello que esperábamos recibir de los demás, de nuestras decisiones y hasta de la propia vida.
Hay contratos que nunca se hablan, nunca se escriben y, sin embargo, vivimos como si estuvieran firmados.
Nadie nos prometió exactamente estas cosas. Sin embargo, muchas veces convertimos nuestros deseos y expectativas en acuerdos imaginarios con los demás, con nosotros mismos y con la vida. Nos decimos, por ejemplo: si soy buena persona, la vida será buena conmigo; si siempre estoy para los demás, estarán para mí; si trabajo más que todos, tarde o temprano seré reconocido; si hago este sacrificio, valdrá la pena; si tomo la decisión correcta, las cosas saldrán bien.
El problema emerge cuando llega el momento de cobrar. “Después de todo lo que trabajé…” solemos decir, “con todo lo que sacrifiqué…”
Detrás de muchas de estas frases existe una cuenta invisible: yo trabajé; yo cuidé; yo estudié; yo cedí; yo hice lo correcto; por lo tanto, algo debería regresar a mí.
Cuando eso no sucede, no solamente se siente la decepción. También podemos sentir que algo fue injusto, como si alguien hubiera roto un acuerdo. Pero ¿quién había aceptado esas condiciones?
Cuando una expectativa se convierte en una deuda

Tener expectativas no es el problema. Esperar reciprocidad, querer que nuestro trabajo produzca frutos, desear reconocimiento o confiar en que una buena decisión nos acerque a algo mejor es completamente natural. El problema comienza cuando convertimos nuestras decisiones en contratos y esperamos que los demás o la vida respeten condiciones que nunca acordaron.
Una promesa real sí crea una responsabilidad. Un compromiso acordado debe respetarse. Pero muchas de las cuentas que más resentimiento producen nunca fueron habladas.
Quizá por eso vale la pena preguntarnos, ¿Estoy haciendo esto porque realmente lo elijo o porque espero que me garantice algo a cambio?
A veces amamos esperando reconocimiento; ayudamos esperando lealtad; trabajamos esperando el éxito; nos sacrificamos esperando gratitud. Incluso podemos creer que hacer las cosas bien debería protegernos de que algo malo nos suceda. Sin darnos cuenta, convertimos nuestras acciones en inversiones emocionales de las que esperamos algún dividendo.
Amar puede ser una elección. Ayudar también. Trabajar, esforzarnos y hacer lo correcto también, no porque exista una recompensa garantizada, sino porque esas decisiones expresan la manera en que elegimos vivir.
Quizá la pregunta más importante sea, si no tuvieras garantizada la recompensa que esperas, ¿seguirías eligiendo hacer lo que haces? La respuesta puede mostrarte cuánto de lo que haces nace de una elección y cuánto pertenece a un contrato que solo existía en tu mente.
Este mes de noviembre celebramos el Thanksgiving—el Día de Acción de Gracias. Es el momento de agradecer todo lo que tenemos sin esperar nada a cambio.



